20130705

Para F.


El tren llega puntual a las 23:47 y tiene un solo vagón. Una vez dentro, reprimo el impulso de mirarme las suelas para asegurarme de que no he pisado ninguna babosa. Descerebradas, se lanzaban al camino menospreciando mis 1,74 metros de altura. A la luz del día era fácil verlas, pero ahora al volver me he echado a correr para acortar la penitencia. La de todas las criaturas descerebradas.
Cerca de la puerta hay una máquina para validar billetes, una caja blanca con una boca fría. En la primera estación bajan muchos y sube un hombre con un collarín nada mullido. Su nariz toda hueso le quedaría bien a la máquina, el peso de la napia tal vez incluso le doblara una sonrisa. Sin que nadie se le acerque, al poco de arrancar el aparato empieza a hacer gárgaras metálicas, como si quisiera crear un esputo tarifado. Aquí estamos todos abonados, bonita, tu sed va para largo.
Cuando el tren empieza a frenar, el chico rubio ensaya la enésima coreografía del deseo. Llega desde su asiento y se apoya en la puerta del lavabo, avergonzándose un poco de la mucha piel que me muestra. Yo apago la mirada ávida en su bolsa de tela. Tiene una frase escrita, pero sólo entiendo la palabra "victoria". Como si intentara ver algo en tres dimensiones, relajo mis ojos en dirección a su vientre. Yo lo llamo apuesta indiferente. A. es mi nombre y Gleichgültigkeit es mi apellido.
Tras abrirse las puertas, caminamos en fila sobre el andén, yo delante, él detrás. De entre las muchas sensaciones, gana protagonismo la de cierta protuberancia bajo mi zapato. Cuando llego al paso a nivel, tengo que girar hacia la derecha o hacia la izquierda, así que me quedo quieto. El chico rubio me adelanta lentamente y sigue andando todo recto, entre las vías, hasta desaparecer en lo oscuro. Aunque me hace cierta gracia, en los segundos en que me quedo ahí parado sobre todo te echo de menos.
Me quito el zapato al llegar a casa, le doy la vuelta y un chicle blanco.