El cabrón se lo pasó en grande cuando llegó la hora de inventar el fuego. Lo demás había sido sencillo, incluso lógico: la tierra por sus tobillos hinchados, el agua tras el deseo triste de cambiar y el aire por la cosa del vacío. Pero, ¿y el fuego? Calor cercano, ruido original, unas formas de veras fascinantes, sí sí, un magnífico espectáculo de improvisación. Peligroso y excitante pero, al fin y al cabo, justo.
Todo parece inmejorable hasta que A. descubre que puede arder. Sin chispa, sin belleza, sin llamar la atención. Llamas transparentes en silencio. Cuando empieza y ve que no hay ceniza en los bordillos entiende que su fuego no transforma nada, sólo consume. “¿Hasta cuándo?”, y lo pregunta mirando hacia arriba, porque si mira hacia abajo y no encuentra la ceniza aún arde más. Se sienta en el suelo frío y lanza la vista alrededor: una mujer lee un libro al sol, el estudiante va de negro y espera. "Joder, que ardan ellos".
Se levanta cuando ya no queda nadie que él conozca. Unas horas después, un grupo de hormigas se pasa por el forro el universo: van y vienen, alocadas. Se ofrecerá una gran compensación a la intrépida que descubra el polvo.
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